Contaba el gran bajista Silvio Vergara una tarde de septiembre en la casa de los hermanos Ríos, hace ya más de treinta años, que la orquesta Aliamén de Santa Clara había sido “un regalo del día de Reyes tardío” a la ciudad de Santa Clara en el año 1964.
Sus ojos brillaban de alegría mientras revisaba esa parte importante de su historia musical. Él había vivido esa historia.
Ciertamente, la orquesta Aliamén fue fundada un 10 de enero del año de 1964 en la ciudad de Santa Clara. Contaba Vergara que Miguelito Pinto Campa que sería su primer director; se unió al chelista Tomás Muñoz para realizar el sueño de que la ciudad tuviera una orquesta que fuera su orgullo y otra charanga famosa además de la Aragón.
Su sueño estaba más que justificado. La Aragón se había fundado en la ciudad de Cienfuegos veinticinco años antes. Una ciudad costera del sur de la isla que pertenecía a esa provincia; y que para su orgullo ya se comenzaba a considerar como “la mejor charanga de Cuba de todos los tiempos”.
Vergara contaba, también, que uno de los sueños fundamentales de sus fundadores era crear un sonido muy personal dentro del competitivo mundo de las orquestas charangas que para ese entonces había en Cuba; entonces su primera apuesta fue incorporar un clarinete como parte de la sección de metales y otra cosa importante fue apostar por el sonido de la flauta de sistemas, que para ese entonces no era muy bien vista por los “flautistas clásicos de ese tipo de formato”; aunque, por si las moscas, no renunciaron a la de madera.
El otro punto importante era desarrollar un repertorio propio; lo que no negaba hacer su propia versión del danzón “Almendra”, de Abelardito Valdés. Y este es un detalle curioso. Este danzón se puede considerar el más versionado de todos los tiempos y hasta el presente es obligado en cada charanga cubana y más allá. Solo que en el caso de la formación villareña conjugaron el sonido de la flauta con el del clarinete.
El siempre presente Rafael Lay no tuvo reparos en viajar a la ciudad de Santa Clara para escuchar a la nueva orquesta a los pocos meses de fundada y para darle su espaldarazo total organizó un concierto de las dos formaciones en el parque Vidal, en pleno centro de la ciudad. Aquel concierto ―que no fue el fundacional— marcaría para siempre el destino de la orquesta Aliamén.
Por ese entonces las fiestas de carnavales se efectuaban en el mes de febrero, y a menos de un mes de fundada esta nueva orquesta se comenzó a presentar en todas las fiestas posibles de esa provincia, que era la tercera en extensión de acuerdo a la vieja división política administrativa del país. Solo que había un gran obstáculo a superar: atrapar al público cienfueguero que demostraba en ese entonces una devoción casi mítica a la Aragón, la orquesta que había puesto en alto, muy en alto, el nombre de esa ciudad.

Contaba Vergara que la apuesta era muy alta. Aquel concierto era el primero que debían dar lejos de los límites de la ciudad capital de la provincia; su repertorio era en ese entonces bastante discreto si se comparaba con el de las otras orquestas invitadas y los habían programado para tocar un día después de la Aragón. Todo, o casi todo, estaba en su contra. Sin embargo; poseían un as bajo la manga: una versión del tema “El tabaco”, compuesto originalmente por Johnny Ventura, que causaba furor en ese momento en República Dominicana y al que habían accedido tras escucharle en la radio.
Cienfuegos fue su segunda prueba de fuego ante el público local. Ahora tocaba ir más allá de las fronteras provinciales; la segunda prueba fue viajar a la ciudad de Camagüey y correr la suerte de ser aprobados por un público que idolatraba a la charanga local: Maravillas de Florida.
Y como toda orquesta que se respete necesitaba un espacio fijo para presentarse, la Aliamén consolidó su carrera el convertir el cabaret Venus en su cuartel general de presentaciones semanales.
Ciertamente era difícil escapar de la influencia de la Aragón, pero poco a poco lo fueron logrando y creando una base sólida de seguidores entre el público villaclareño. Entre aquellos que no dejaban de asistir a sus presentaciones de los domingos en la tarde había un adolescente llamado Xisto Llorente, a quien sus amigos llamaban el “Indio”, y que en un arrebato de locura “pidió al director que le diera un chance para cantar con ellos”. Ignorando los allí presentes ese día que aquel muchacho con el paso de los años se convertiría en uno de los cantantes más populares de esa orquesta.
Pero volvamos a los recuerdos de Silvio Vergara.
Contaba, además, que desde un principio sus primeros temas; cantados en ese momento por un señor llamado por todos Ali ―escritos muchos por Ernesto Ramos y arreglados por Tomás Muñoz, que alternaba como chelista de la Orquesta Sinfónica de la provincia—; para algunos eran bastante complicados de ejecutar por sus complejidades armónicas, que en ese entonces se llegaron a considerar “una locura”, pero fueron determinantes en la definición a futuro de esa nueva orquesta cubana. Tanto, afirmaba, que muchas de sus intenciones musicales influyeron en el sonido de una orquesta fundada por estudiantes de la Escuela Nacional de Arte (ENA) en ese entonces. Se trataba del Treceto de la ENA que dirigió en ese entonces Joaquín Betancourt y que fuera determinante a futuro en la carrera de muchos de sus integrantes.
En Cuba el tema de las charangas como formato musical importante en los años sesenta continuaba en ascenso, y ese ascenso marcaba un punto de inflexión tanto en el sonido de esas formaciones que comenzaron a considerar que el son debía ser reformado desde su estructura armónica explorando nuevos caminos. Nadie imaginaba que estas nuevas propuestas charangueras surgidas entre 1959 y 1964 estaban marcando un punto de giro dentro de la música cubana y su visión en otras latitudes.
Trompetas, trombones y clarinetes comenzaron a enriquecer y a modificar el sonido de un formato musical que hasta esos años parecía inamovible.

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